Tan abundantes, aun camuflados en su espera, para el observador atento es fácil descubrirlos solitarios en la esquina de cualquier ciudad, su hábitat natural, dando unos pasos en una dirección y luego en la contraria, sin apenas levantar la vista del reloj, calculando así distancias y minutos. Aunque aguardan, no tienen una cita, si no es con una fe, con una intuición. su sexualidad está hecha de esa fe: la de coincidir con otro ejemplar de su misma especie, que donde se subrayan los pasos se crucen los caminos.No obstante, si ese encuentro se produce, ambos que esperaban, sin aguardar contraseña, marchan juntos, se alejan como sosteniéndose, reprimiendo el deseo de echar un vistazo atrás, una última mirada a esa esquina, a esa acera o a ese banco o a esa plaza donde ya no esperarán más, donde se acaban las horas muertas y las ilusiones y comienza, justo entonces, lo que ya sabían. Aquello por lo que esperaban contra todo pronóstico.
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